jueves 26 de noviembre de 2009

La media mañana


La media mañana adormece mi mesa de trabajo.

Un sol leve apoya un dedo sobre este teorema,
un dedo que atraviesa los densos nubarrones.
La nave gris, nodriza del viento y las tormentas
agita las más altas ramas de los árboles del botánico,
una verde tribuna a tres pisos del suelo
que de momentos luce alegre, arengadora
y de repente se queda quieta,
pasmosa y paralizante.

Todo es fruto del cielo,
del sol que está vedado en estos días,
aunque a veces
una franja pequeña y celeste aparezca
y brinde un retazo de color puro
sobre penumbra ocre
de los muebles de mi pieza.

Abbey Road surgiendo de un vinilo
crea una atmósfera
donde el tiempo se eterniza.


No conozco el año de este acontecimiento.

No existen coordenadas que lo puedan contener.

Lo que voy a extrañar del invierno


Lo que voy a extrañar del invierno son las copas de los árboles sin hojas, dibujadas en negro sobre el fondo gris, violeta o anaranjado del cielo liso, brillante como una pantalla.

Con esa luz se puede percibir cada curvatura de las ramas, cada intensión expresiva del árbol, hasta el más ínfimo diseño fractal de su copa llena de nervaduras.

Me atrae particularmente el paraíso, de color dorado o cobre, cuyas puntas terminan, o se expanden, en bolitas amarillas y arrugadas.

Cuando busco algo complejo, llenador, con un secreto ajeno a los humanos, miro un árbol de copa pelada, de innumerables dedos largos y finos recortados contra un cielo brillante, y me concentro en los espacios vacíos, en las líneas infinitas, admirando la intensión de la naturaleza, lo inconmensurable, lo que no se puede conocer.

domingo 15 de noviembre de 2009

La mujer de otro


Supongo que siempre lo supe; un día yo iba a terminar llamando a esa puerta. Ese día fue esta noche.
La casa es más o menos como la imaginaba, una casa de barrio, en Floresta, con un jardín al frente, si es que se le puede llamar jardín a un pequeño rectángulo enrejado en el que apenas caben una rosa china y dos o tres canteros, cubiertos ahora de maleza. No sé por qué digo ahora. Pudieron haber estado siempre así. Hay un enano de jardín, esto sí que no me lo imaginaba. El marido de Carolina me contó que lo había comprado ella misma, un año atrás. Carolina había llegado en taxi, una noche de lluvia; dejó el automóvil esperando en la calle y entró en la casa como una tromba. Tengo un auto en la puerta y me quedé sin plata, le dijo, págale por favor y de paso bajá el paquete con el enano.
-Usted la conoció bastante -me dijo él, y yo no pude notar ninguna doble intención en sus palabras-. Ya sabe cómo era ella.
Le contesté la verdad. Era difícil no contestarle la verdad a ese hombre triste y afable. Le contesté que no estaba seguro de haberla conocido mucho.
-Eso es cierto -dijo él, pensativo-. No creo que haya habido nadie que la conociera realmente. -Sonrió, sin resentimiento. -Yo, por lo menos, no la conocí nunca.
Pero esto fue mucho más tarde, al irme; ahora estábamos sentados en la cocina de la casa y no haría media hora que nos habíamos visto las caras por primera vez. Carolina me lo había nombrado sólo en dos o tres ocasiones, como si esa casa con todo lo que había dentro, incluido él, fueran su jardín secreto, un paraíso trivial o alguna otra cosa a la que yo no debía tener acceso. Esta noche yo había llegado hasta allí como mandado por una voluntad maligna y ajena.
Desde hacía meses rondaba el barrio, y esta noche, sencillamente, toqué el timbre.
Él salió a abrirme en pijama, con un sobretodo echado de cualquier modo sobre los hombros. Le dije mi nombre. No se sorprendió, al contrario. Hubiera podido jurar que mi visita no era lo peor que podía pasarle.
-Perdóneme el aspecto -dijo él-. Estoy solo y no esperaba a nadie.
Tenía la apariencia exacta de eso que había dicho. Un hombre solo que no espera a nadie.
Yo había tocado el timbre sin pensar qué venía a decirle, sin saber siquiera si venía a decirle algo. No tenía la menor excusa para estar en esa casa a la diez de la noche. La situación era incómoda y absurda, si es que no era algo peor.
-Pase, pase -decidió de pronto-. Me cambio en un minuto;
-No, por favor. -Pensé decirle que mejor me iba; pero me interrumpió mi propia voz. -No tiene por qué cambiarse.
Sólo me faltó agregar que podía andar vestido como quisiera, que, al fin de cuentas, el marido de Carolina había sido él y que ésta era su casa. De todas maneras, yo no tenía ningún interés en que se cambiara. Tal vez haría bien en callarme lo que sigue, pero sentí que, cualquier cosa que fuera lo que yo había venido a buscar, me favorecía estar bien vestido, frente a ese hombre en pantuflas y con un sobretodo encima del saco del pijama. Eso, al llegar: ahora, las cosas habían variado sutilmente. Él estaba de verdad en su casa, en su cocina, junto a una antigua estufa de hierro, confortablemente enfundado en su pijama, y yo me sentía como un embajador de la Luna.
-¿Toma mate? -me preguntó con precaución. Es increíble, pero le dije que sí. Tomar mate era un modo de permanecer callado, de darse tiempo.
-Carolina, con toda su suavidad y sus maneras, a la mañana, a veces también tomaba mate. Era muy cómica. Chupaba la bombilla con el costado de la boca, como si jugara a ser la protagonista de una letra de tango. No, no era eso. Tomaba mate con cara de pensar.
-Usted se preguntará a qué vine.
-No. Nunca me pregunto demasiadas cosas, y siempre supe que algún día íbamos a encontrarnos. -
Sonrió, con los ojos fijos en el mate. -Pero, ya que lo dice: a qué vino.
Quise sentir agresión o desafío en su voz. No pude. La pregunta era una pregunta literal, sin nada detrás.
O con demasiadas cosas, como aquello de la cara de pensar de Carolina, por ejemplo. Yo conocía y amaba esa cara. La había visto al anochecer, en alguna confitería apartada, mientras ella miraba su fantasma en el vidrio de la ventana, sorbiendo una pajita. La había visto de tarde, en mí departamento, mientras ella mordía pensativamente un lápiz, cuando me dibujaba uno de aquellos mapitas o planos de lugares y casas en los que había vivido de chica, casas y lugares que por alguna razón parecían estar más allá de las palabras y de los que siempre sospeché que jamás existieron, o no en las historias que ella contaba. Bueno, sí, yo también había mirado muchas veces esa cara ausente y desprotegida, más desnuda que su cuerpo, pero nunca la había mirado de mañana, mientras Carolina tomaba mate. Pensé que tal vez debería estar agradecido por eso, sin embargo no me resultó muy alentador. Me iba a pasar lo mismo más tarde, con la historia del enano.
El acababa de preguntarme a qué había venido.
-No sé. -Hice una pausa. La palabra que necesité agregar era deliberadamente malévola. -Curiosidad - dije.
-Me doy cuenta -murmuró él.
No sé qué quiso decir, pero causaba toda la impresión de que sí, de que en efecto se daba cuenta.
Llegué a mi departamento después de la una de mañana, lo que significa que estuve con él cerca de tres horas, sin embargo no recuerdo más que fragmentos de nuestra conversación, fragmentos que en su mayor parte carecen de sentido. Hablamos de política, de una noticia que traía el diario de la noche, la noticia de un crimen. Hablamos de la inclemencia del invierno en Buenos Aires. Ahora tengo la sensación de que casi no hablamos de Carolina.
En algún momento, él me preguntó si yo quería ver unas fotos.
-Fotos -dije.
No pude dejar de sentir que esa proposición encerraba una amenaza. Imaginé un álbum de casamiento, fotografías de Carolina en bikini, fotografías de los dos riéndose o abrazados, sabe Dios qué otro tipo de imágenes.
-Fotos -repitió él-. Fotos de Carolina. Hice uno de esos gestos vagos que pueden significar cualquier cosa.
-Es un poco tarde -dije.
-No son tantas -dijo él, poniéndose de pie-. Hace mucho que no las miro.
Salió de la cocina y me dejó solo. Yo aproveché la tregua para observar a mi alrededor. Intenté imaginar a Carolina junto a esa mesada, o, en puntas de pie, tratando de alcanzar una cacerola, un hervidor de leche. Tal vez era algo como eso lo que yo había venido a buscar a esa casa. En una de las paredes vi dos cuadritos muy pequeños. Me levanté para mirarlos de cerca. No me dijeron nada. Eran algo así como mínimas naturalezas muertas. Ínfimas cocinas dentro de otra cocina. Cómo saber si ella los había colgado, cómo saber si habían significado algo el día que los eligió. Cuando él volvió a entrar, traía un pantalón puesto de apuro sobre el pantalón del pijama, y un grueso pulóver, que me pareció tejido a mano.
Traía también una caja de cartón. Se sentó un poco lejos de mí y me alcanzó la primera fotografía:
Carolina sola. Detrás, unos árboles, que podían ser una plaza o un parque. Descartó varias y me alcanzó otra. Carolina sola, arrodillada junto a un perro patas arriba. Miró tres o cuatro más, una de ellas con mucho detenimiento. Las puso debajo del resto, en el fondo de la caja, y me alcanzó otra. Carolina sola.
Entonces sentí algo absurdo. Sentí que ese hombre no quería herirme.
-Ésta es linda -dijo.
Carolina, junto a un buzón, se reía.
-Sí -dije sin pensar-. Era difícil verla reírse así. Él me miró con algo parecido al agradecimiento.
-Nunca había vuelto a mirarlas. Solo es distinto.
-Usted no está en ninguna de las que me mostró -le dije.
-Bueno, yo era el fotógrafo -dijo él.
Poco más o menos, es todo lo que recuerdo. O todo lo que sucedió esta noche.
Le dije que tenía que irme y él me acompañó hasta la puerta de la entrada, no hasta la verja. Fue en ese momento cuando me contó la historia del enano. Después yo estaba descorriendo el cerrojo de hierro y oí su voz a mi espalda.
-Era muy hermosa, ¿no es cierto?
Salí, cerré la verja y le contesté desde la vereda.
-Sí -le dije-. Era muy hermosa.
Me pidió que volviera algún día. Le dije que sí.


Abelardo Castillo, de El espejo que tiembla

lunes 9 de noviembre de 2009

Uno que pedía demasiado


Había una vez un hombre que pedía demasiado. Se sentaba en cualquier lado, en cualquier momento; así, sin contemplar siquiera la pared enfrente de sus ojos, trataba de imaginarse la situación ideal en la que tendría que estar, o por lo menos le gustaría estar, en ese momento. A veces llegaba a pedirle, a exigirle a la vida que le brinde esos momentos. Era un derecho.

Un día, sentado en un banco en la peatonal, mientras se quejaba por no estar en un café de la costa francesa escuchando Jazz, le interrumpieron. ¿Cómo hace uno para ser feliz? Le preguntaba una chica con lentes oscuros, saco azul, pelo revuelto bajo un diminuto sombrero verde. Bajo el brazo llevaba un estuche de violín. El hombre no supo que hacer, la miró y enseguida apartó la vista. La chica le dijo disculpá, y se fue. El se quedó sorprendido, no tanto por lo inesperado, sino porque esa era una de esas situaciones ideales que el siempre imaginaba. Un momento en que lo elegían para calmar las ansias de respuestas, especialmente una mujer artista. En este caso era música, mucho mejor. Tenía muchas respuestas, algunas prácticas, otras cínicas y otras entre lo filosófico y lo místico. Pero cualquiera servía para seguir con un intercambio de producciones que le servirían a ambos. Le dolió mucho pensar en lo que dejó pasar. Enseguida imaginó que la chica volvía a reformularle la pregunta, pero se dio cuenta de que eso era imposible. A ella seguro que se le fueron las ganas de buscar respuestas por medio del azar, preguntándole a un desconocido. Al fin, concluyó, con una media angustia completamente realista y la vista clavada en la vidriera que tenía al frente, es todo cuestión de lugar y tiempo.

viernes 30 de octubre de 2009

Z


Z luce como un verdadero antisocial, un perdedor, un fantasma de ciudad, un mamarracho de persona. Se ha dejado todo lo que pudiera funcionar como un proyector agradable a los demás en unos pocos momentos primales. En lugares crudos, sin influencias. En decir la verdad espesa como un único lenguaje posible, como la única combustión que funciona. Ha perdido grandes amigos, ha conservado a los que no le importan y los que no lo comprenden. Se ha dejado llevar por los segundos que corrían como martillazos, que no lo dejaban detenerse a dudar. Casi lo han vaciado, esos momentos, casi lo han detenido en su andar. Aún no procesa sus experiencias, su sabiduría, sus conocimientos adquiridos. Los siente todavía como instintos, alborotados en algún lugar perdido de su cabeza. Por eso, para no malgastar sueños en convicciones ajenas, para no sucumbir a pretensiones sociales dentro de círculos que lucen bien pero donde no encaja, para seguir con el crecimiento de su alma que cree llevar por el mejor camino, para evitar distracciones estéticas, propias y ajenas, Z ha decidido dedicarse a lucir como un perfecto idiota, y aprovechar la paz externa para que no interfiera nada ni nadie de esta ciudad con la guerra de sus adentros.

Maestra


El color del papel y el de la tinta son especiales y modestos,
opacos sin brillo pero claros, amables y de calidad.
Sin tiempo,
en su propio contexto
prestan sus servicios,
la única influencia viene de afuera.
Este estilo de otoño, de roble,
del comedor,
armoniza con el aroma a ganja,
que dispondré a picar,
sólo una partecita,
y me sentaré en el suelo de madera
a mirar
la ciudad en la siesta,
nublada pero clara,
en un ensoñamiento que registro.
El cubo que habito es todo luz,
a nueve pisos sobre el nivel de la ciudad.
Un gran árbol añoso,
eucalipto creo,
tiene sus últimas ramas con hojas a la altura de mi ventana.
Atrás de todo, al oeste, en el borde de la ciudad,
se ven camiones que reptan tranquilos,
pasando como trenes por la periferia.

miércoles 14 de octubre de 2009

Radikal Satan: Viento del Este


Este disco loco de tres limados llegó a manos de mi amigo el Rodo.

En una entrada del 2005 de un blog español hallé esto.
Hace un par de años tres Argentinos cogieron sus instrumento debajo del brazo y se compraron un pasaje de avión para Barcelona. De allí a Italia para recalar finalmente en Montpellier donde junto con otra gente formaron el grupo Guascoctet. Cuando esta banda se disolvió nuestros argentinos se fueron a Burdeos y de allí a Paris donde formaron el trío Radikal Satan (acordeón, violoncello y contrabajo). Conciertos por pequeñas salas de Paris, el metro y la calle fueron el rodaje previo a su primer disco “Visite du Soleil à Satan” editado por el sello bordelés Les Potagers natures.



Categorías que alguien les puso por ahí:
Evil Tango, Surrealistic Cabaret, Apocalyptic, Expressionist, Enchanting...



Bajate el disco de aquí

mira un reci (casi una invocación diabólica) de aquí

domingo 4 de octubre de 2009

Ernesto Cardenal y yo


Iba caminando, sudado y con el pelo pegado

en la cara

cuando vi a Ernesto Cardenal que venìa

en dirección contraria

y a modo de saludo le dije:

Padre, en el Reino de los Cielos

que es el comunismo,

¿tienen sitio los homosexuales?

Sì, dijo él.

¿Y los masturbadores impertinentes?

¿Los esclavos del sexo?

¿Los bromistas del sexo?

¿Los sadomasoquistas, las putas, los fanáticos

de los enemas,

los que ya no pueden màs, los que de verdad

ya no pueden más?

Y Cardenal dijo sí.

Y yo levanté la vista

y las nubes parecían

sonrisas de gatos levemente rosadas

y los árboles que pespunteaban la colina

(la colina que hemos de subir)

agitaban las ramas.

Los árboles salvajes, como diciendo

algún día, más temprano que tarde, has de venir

a mis brazos gomosos, a mis brazos sarmentosos,

a mis brazos fríos. Una frialdad vegetal

que te erizará los pelos.

(Roberto Bolaño, Los perros románticos, 1993)

lunes 21 de septiembre de 2009

Dylan Thomas: Poemas completos


Quien
eres tú
tú que naces
en el cuarto vecino
tan patente en mi cuarto
que alcanzo a oír el vientre
cuando se abre y la sombra que avanza
sobre el fantasma y el hijo que desciende
tras la pared delgada como un hueso de jilguero
en el cuarto sangrante del nacimiento oculto
para el incendio y el girar del tiempo
la huella del corazón humano
no venera el bautismo
sino la sola sombra
cuando bendice
a la salvaje
criatura.
Poemas completos aquí.

lunes 14 de septiembre de 2009

Cuento: El abrazo de espuma (De Lucía Zitrón)


Lucía Zitrón nació en Paso de los libres (Corrientes) en 1992. Cursa cuarto año de la escuela Media Nro 332 "Tránsito Cocomarola". Este cuento recibió mención especial en el certamen literario "Osvaldo Quiroga" para niños y adolescentes del litoral Argentino, año 2007


Para la Nati Bresó, que tal vez extrañe el río.

Se baja de aquí.

viernes 11 de septiembre de 2009

The Bats: The Guilty Office (2009)


Esta banda es de Nueva Zelanda y tocan hace mas de 25 años. Hacen un rock-pop de canciones simples y bellas, muy particulares. Dicen que hacen kiwi rock. Sin duda tiene su identidad. Si miran en internet, los pocos que los conocen son fans. Yo los fui a ver y había 40 fans. Ver una banda indie que toca hace tanto tiempo es un placer, mas ajustados que un jean elastizado. Y lo lindo que toca la viola esa chica no tan chica! Discos tienen a montones. Subo este, el último, porque es el primero que escuché y a la canción Broken Path no habia manera de borrarla de mi sabiola.
Se baja de aquí.
http://hotfile.com/dl/12105682/5eeb8a5/The_Bats_-_The_Guilty_Office.rar.html
Acá también hablan de ellos:
http://www.elruidodelacalle.com/wordpress/2009/04/the-bats-haz-tu-parte-predica/

jueves 10 de septiembre de 2009

Lo importante es tener un plan, de Andrés Llompart.


Andrés Llompart nació en Mendoza en 1977. Estudió bioquímica y traductorado de inglés. A los 21 años se casó, un año después lo volvería a hacer en Chile. Acorralado por estafas varias y sin divorciarse de ninguna mujer, se muda a Tucumán, La Paz (Bolivia) y Paraná, donde se instalaría, trabajando en un hospital y publicando cuentos y poemas en diarios y revistas. Seis años después viajaría a España y luego a Rumania, donde se le pierde el rastro. Hace dos años que no se sabe nada de él. En los últimos e-mails a su hermano incluiría algunos cuentos que esté repartiría por concursos literarios. Transcribimos éste, que por momentos recuerda a Jack Keruac o a Henry Miller, titulado "Lo importante es tener un plan", sobre una época en España.

Bajalo de aquí.

Ampa y franco


Hola, yo soy Amparo, y este aca es Franco, aunque yo le digo Cacoia. Es un bozer y come cualquier cosa que le des: ajo, cebolla, cascara de manzana, pan, hasta chupa limones. Aunque se tira pedos y ronca cuando duerme es mi amigo. Y me gusta su piel calentita y el ruido que hace cuando lo mimás. Ese día veníamos de jugar a la plaza, había mucho barro. Yo me puse a juntar flores para hacerme una corona de princesa, pero Caqui se las comió todas! Ay, en fin. Se llama Franco y es cruza de chancho con murciélago. Mi tío Leo dice que es un ET venido del espacio. A mi tío le chifla el moño. Chauu!

martes 1 de septiembre de 2009

Poemas de Joaquín Gianuzzi


Joaquín Gianuzzi nació en 1924 en Buenos Aires y murió en 2004 en la provincia de Salta. Comenzó estudios de ingeniería pero los abandonó para estudiar periodismo. Escribió desde noticias policiales hasta críticas literarias en los diarios Crítica, Crónica, Clarín y La Nación.

Giannuzzi ganó los premios Municipal y Nacional de Poesía. Fue un hombre de vida austera y ejercía un suave humor negro. La alusión al entorno social y cotidiano, la muerte, la incertidumbre, fueron frecuentados por su poesía tersa y de sorpresivos remates.

Bajate el libro Violín Obligado (1984) haciendo click aquí.



Usted, al despertarse esta mañana,
vio cosas, aquí y allá, objetos, por ejemplo.
Sobre su mesa de luz
digamos que vio una lámpara,
una radio portátil, una taza azul.
Vio cada cosa solitaria
y vio su conjunto.
Todo eso ya tenía nombre.
Lo hubiera escrito así.
¿Necesitaba otro lenguaje,
otra mano, otro par de ojos, otra flauta?
No agregue. No distorsione.
No cambie
la música de lugar.
Poesía
es lo que se está viendo.





Raymond Carver: una antología


"Lean a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo", recomendaba Roberto Bolaño.

"Después de leerlo, el mundo de todos los días se vuelve carveriano. Es como las pesadillas con Kafka. Cada vez que soñamos algo opresivo, tenemos un sueño kafkiano. Carver es lo mismo, nada más que opera en el mundo real. Son carverianas las discusiones, por ejemplo, es carveriano el desencanto, es carveriana la soledad, es carveriano el abandono, la dejadez, pero también lo es la amistad, la esperanza, o una sonrisa por un mínimo triunfo o por una mínima cosa que haya salido bien", escribió un señor llamado Roberto Giaccaglia en
http://criticacreacion.wordpress.com/2007/11/23/el-testigo/


Y ahora, un libro virtual con una selección de cuentos de todos sus libros que ustedes amiguillos se pueden bajar de aqui:

http://hotfile.com/dl/11080262/e30993f/carverantologia.pdf.html

sábado 29 de agosto de 2009

Neil Young, "Zuma", 1975


La tapa lo dice todo.
Se baja aquí:


Canciones Tristes, un cuento de Marcos Daniele.


Marcos Daniele nació en Buenos Aires en 1964. En los 80 integró el grupo de poesía urbana Plaza Pelada y fue co-fundador de la revista de cuentos policiales El Sueño Eterno. Entre sus obras se destacan "El útimo amigo no vendrá" (cuentos) , "Un corazón a punto de salirse todo el tiempo" (novela), y "Caldo Espeso" (poemas). Actualmente es docente del colegio Nicolás Avellaneda y contrabajista en una banda de tango y bolero, con quienes se presentan cada viernes y desde hace años en el Café Catedral de Almagro.








Canciones tristes.




Tras un concierto vacío —otro más, como me venía sucediendo desde no sé cuanto tiempo— me dispongo a beber una cerveza lentamente en la calidez universal de un bar para distraer el hastío de una inquietud que volvía a repetirse. Hago estos conciertos, estas giras, para buscar lo que me ha dejado; para ver a dónde han ido a parar mis canciones que ya no salen, mi melomanía sin límites, el goce profundo que sentía al componer, la revelación de la vida bien vivida parada frente a mi cada vez que cantaba. Todas estas cosas me han abandonado, estoy vacío. Toco mis viejas canciones automáticamente y no les encuentro ningún sentido, es más: ni siquiera me doy cuenta de que terminan cuando lo hacen.
Mi cerveza no sabe muy bien pero está bien fría; el bar es oscuro y los parroquianos están apagados, pero me siento a gusto aquí. Estoy en una ciudad mexicana de la que desconozco el nombre, esta gira absurda me ha traído hasta acá. Entre las mesas revolotea un viejo que busca quien le pague una copa a cambio de una buena historia que le ha pasado. Se sienta a mi lado en la barra y me insiste tanto que accedo. Ordeno su tequila. El viejo lo bebe de un trago, exhala una pequeña nube de alcohol y me cuenta: “bueno, que una vez conocí al gran José Alfredo Jiménez, nos tomamos juntos un botella y después me cantó una canción; ¿que me dice, eh?”
El viejo me mira sonriendo.
—¿Esa es la historia?— le respondo indignado, —esperaba algo más por un trago—.
—Es mas larga, chamaco— dice, dejando de sonreír —y más interesante, ya verás, deja que te cuente—.

“Fue en este mismo bar, pero la verdad, no se hace cuantos años ya. Yo estaba en este mismo banquito y de golpe lo veo a Don José Alfredo entrando a tropezones. Al principio no lo reconocí pues estaba vestido de mariachi, y por qué carajo, pensé yo, se pondría el Rey un pinche traje de mariachi. Eso es para los cantores mediocres que cazan turistas, no para alguien de su tamaño. Pero sin duda era él; estaba borrachísimo y vino a sentarse aquí, donde estás tu ahora. Yo sentía que explotaba de alegría, aunque lo veía medio raro, sabes, como ausente, y tristón”.
Intento imaginarme a José Alfredo Jiménez en este lugar, tambaleándose en su traje de mariachi. Nunca lo he visto físicamente, pero se que era medio gordo y con bigotito. Sin embargo, he oído sus leyendas y también las he sentido; cada vez que oigo a Chavela que lo canta, cada vez que me llega eso de que "nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores".
El viejo continúa:

“Don José Alfredo me explicó por qué vestía así: que había sacado su querido traje de los comienzos tratando de recuperar algo que tenía y que había perdido, o que creía haber encontrado y nunca tuvo; no entendí muy bien. Lo interesante es lo que le había pasado la noche anterior. Me dijo que estaba en su casa, con una borrachera fuertísima, que se desmayaba y se recuperaba a cada rato. En un momento agarró la guitarra y, sin explicarse cómo, compuso diez canciones que lo hicieron llorar. Y él, que nunca había llorado antes por una canción pues le parecía muy cursi, dijo que no pudo evitarlo y que no podía parar. Que él a sus canciones las hacía para que lloren otros en su lugar y que ninguna lo había desarmado así. Que se sentía débil, que tenía un miedo inexplicable, que no sabía que carajo le sucedía. Que todo era culpa de esas canciones nuevas que le habían llegado de un lugar que profundo y desconocido. Y él, que creía haberlo visto todo, a ese lugar no lo conocía”.

Termino mi cerveza con un trago profundo; me pido un tequila. Esta historia me hace sentir raro, como si la situación fuese la mía y el momento alguno de mi pasado. Pero nada tengo en común con José Alfredo Jimenez, ni con este viejo acá a mi lado, ni con este pueblo de un país ajeno, ni con este bar tan diferente al hogar de una fonda porteña. Sin embargo, se me da por cantar una melodía que tenía olvidada. Es una música melancólica e intensa, con una letra que había tenido un extraño poder de encantamiento sobre mí. Yo la había sentido muy tanguera, pero acá se deforma. Igual, vuelvo a sentir la angustia dulzona que emanaba cuando la compuse, hace ya muchos años.
El viejo me mira sorprendido y por la mitad de la canción se me une. Sigo cantando a pesar de estar paralizado. Esta canción la había compuesto yo y nunca se la había mostrado a nadie. Por lo menos, era imposible que llegara hasta México. Terminamos de cantar en un complejo silencio cargado de interrogantes, con el aire todavía enrarecido.
—Cada vez son más tristes las canciones de amor— le digo.
—Lo mismo me dijo Don José Alfredo cuando terminó de cantarla. Ésta fue la última de aquellas canciones extrañas, la número diez de aquella noche—.

Suspiro. Pienso: “parece que secretamente a viajado a Buenos Aires para hacerme creer que surgió de mí”. La había escuchado antes; eso explicaba todo. Pero en ese entonces (ahora recuerdo bien) no parecía mexicana. Tampoco se parecía a nada de lo que yo había compuesto: muy profunda, muy intensa, muy viva; demasiado viva para mí.
El viejo me mira desconfiado y me pregunta de donde saqué esa canción. Estoy por decirle que es mía pero no veo la razón para hacerlo.
—La habré escuchado en algún lado, no me acuerdo cuándo ni dónde, pero jamás se me olvidó— le respondo. Tampoco jamás volví a escribir, después de conocerla, pero a ese dato me lo guardo para mí.

Ahora me tomo un tequila tras otro mientras el viejo me confiesa que esa fue la última canción de José Alfredo Jiménez. Que se la cantó sólo a él por amabilidad y porque le recordaba a un amigo del pasado, pero que no volvería a cantarla jamás, porque lo ponía demasiado triste; y que tampoco volvería a componer, porque no podía, o no quería, o no se animaba. Ni esta canción ni ninguna de las otras habían tenido repercusión alguna. Nadie, ni José Alfredo ni el viejo, se habían encargado de dárselas.

Nos ensimismamos por separado durante un rato, cada uno en su trago y en sus pensamientos, tratando de buscarle la lógica y la magia a estos hechos. Pago y saludo al viejo. Este levanta el mentón y queda mirándome con una sombra en la cara. Seguramente me habrá empezado a odiar, por haber puesto en duda la veracidad de su historia o por haberle hecho sospechar de la honestidad del maestro, quien le habría obsequiado la última interpretación de su canción más triste. Pero mis pensamientos están en otro lado. A la historia me la creí y pienso que, a pesar de lo fantástica, cierra bastante bien en mi vida y en lo que ha venido pasándome desde aquel momento en que, tras un proceso angustioso de varias horas, había salido la canción que cantamos recién. Y —ahora recuerdo mejor— no había venido sola, sino con nueve desoladoras canciones más.

Bajo la luz amarilla de un farol, que está sobre un quiosco de revistas, hojeo unas páginas en donde se habla sobre el encierro de Joaquín Sabina. Leo que lleva cinco años sin salir de su casa, posiblemente a causa de una depresión, y que se corre la leyenda de que tiene un disco grabado con diez canciones que nadie ha escuchado y que por alguna razón no quiere editar.

Mientras camino de regreso al hotel, envuelto en neblinas, pienso que hubiera sido bueno para mí, bueno para todos, que alguien, cinco años atrás, hubiese advertido a Joaquín sobre un grupo de canciones tristes que hay dando vueltas, que tienen como vida propia y que cargan una maldición, que bloquea a los compositores y les destruye las defensas. Hubiera sido bueno, para no sentirme privado de su música. A lo mejor ahí, en su mundo, hubiese encontrado, como otras veces, la razón de ser o el consuelo de mi melancolía.

lunes 24 de agosto de 2009

Lidia Damunt - En la isla de las Bufandas


Trovadora aguerrida cuentacuentos, esta española asalta pequeños escenarios con guitarra, armónica y una pandereta en el tobillo; parece Hank Williams , Johnny Cash, o el Bob Dylan del rasguido mas furioso. Aloes de 50 metros, pueblos fantasmales, palacios hechos de roca y hoteles en el desierto desfilan en sus historias cantadas con histeria. Todo un personaje! no se pierdan el irresitible estribillo de "pagan por tocar". Este es su primer disco, y tiene otro.


Soy Torminaaaaaaaa............ del Mar Menor!!!



Se descarga aquí:

jueves 20 de agosto de 2009

Groundation: Hebron Gate


Cuando escuché esta banda la primera vez pensé que se trataban de jamaiquinos con ojos amarillos y rastas hasta el suelo, que vivian en un estado de trance perpetuo y habian actuado de extras en la peli "Marcado para la muerte", de Steven Segal. Esa voz sólo podía pertenecer a un rastafari ortodoxo y negro, y esa cadencia dub tan narcótica (y esos bajos!) no podían provenir de un blanco. Fantasías y prejuicios míos. Si quieren saber de ellos miren en wikipedia o acá:

http://www.ladedios.com.ar/ladedios2/?q=node/8217

Lo importante es que suenan muy bien y escucharlos mientras se anda en bicicleta pega, incluso de cara. Viva la velocidad dub! Este disco, Hebron Gate, es el tercero y es del 2002.



Se descarga aquí:
http://hotfile.com/dl/10572615/0b7238f/Groundation_-_Hebron_Gate_-.rar.html

martes 18 de agosto de 2009

Ponyoooooo!!!!!

Ponyo corre en el medio de una tormenta por encima de olas gigantescas, queriendo alcanzar el auto donde viaja Zousuke, que no entiende naa.

Matemática en la cárcel, un cuento de Eusebio Perren.


Eusebio Perren nació en 1963 en Villa Gobernador Galvez, Santa Fe. Estudió magisterio e Ingeniería Química. Trabajó, entre diversos oficios, como camarero, carpintero y guardiacárceles en Las Flores. Actualmente se desempeña como docente en su ciudad natal y dirige un programa educativo y social llamado "Ciencia para todos". Escritor aficionado, tiene publicada una antolgía de sus cuentos y poemas (Ed Lambertti, 2001).


Matemática en la Cárcel.


El matemático un día se hartó de la investigación, solitaria, secabocha y absurda, y, buscando la satisfacción de la ayuda social comenzó a dar clases en la Cárcel de Las Flores. Pensaba que el poder aislante de la matemática, capaz de apartarte durante horas del mundo y las emociones, sería sano para un preso. La considera incluso mas distrayente que cualquier otra cosa cosa pues su mundo abstracto no permite soñar, dormido o despierto, en una realidad diferente; simplemente la hace desaparecer.

La primera semana no fue nadie. Repartió entonces algunas notas de Paenza durante el almuerzo con la intención de generar interés. Tres personas fueron y, de a poco, muy lentamente, les pudo enseñar algo nuevo e interesante; los niveles de los convictos eran pobre y variados. De a poco se fueron sumando más hasta llegar a ser, seis meses después, cuarenta presos en un aula sucia y pequeña, con rejas en la ventana y la luz de día, siempre pobre por los vidrios traslúcidos, alumbrando apenas los rostros ensombrecidosEsa atmósfera al matemático le hacía acordar a su escuela secundaria, pero el aburrimiento y el hastío, esta vez, no estaba en el clima del aula, bastante liberador y relajado, sino en todo el establecimiento que la contenía.

Su teoría sobre el uso distractivo de la matemática funcionó; muchos presos se perdían en el mundo de reglas y herramientas de la madre de las ciencias e intentando, obsesiva y ansiosamente, resolver ejercicios, se aislaban durante horas de pensar en su realidad y la supervivencia. Si tener actividades que les interesen, los habitantes de la cárcel se dedican al ejercicio de la violencia, a la toma de poder, a encajar o sacarle provecho a su entorno social hostil. Milagrosamente, la inserción como un virus de la matemática trajo algo de paz a la cárcel de Las Flores. Por lo menos, la violencia ya no era asunto de todos y muchos pudieron abstenerse.

Quiso la mala suerte que el interés se despertase en una célula de la pandilla que más aterrorizaba el lugar. El jefe de esa banda era un petiso de mirada asesina, sonrisa venenosa y cara marcada por la viruela. Su nombre en la cárcel era Chupete, aunque pocos se animaban a decirle así. Al notar que los de su séquito andaban siempre con lápices y papeles, la mirada perdida, contando con los dedos, olvidándose de portarse rudos y clavar con fiereza los ojos en los otros presos, el temible Chupete echó la culpa al profesor y planeó su venganza.

Se metió en la clase un día, disimulándose al fondo, esperando a que cuando salgan todos hacerse cargo de él. Pero muchos tenían consultas sobre los ejercicios que hacerle al profesor y se demoraban tanto en despejarse que Chupete se cansó y se fue. Volvió varios días más y siempre pasaba lo mismo. Mientras, aprovechaba las clases para clavar sus ojos de serpientes y su mueca horrible de los labios en el matemático quien se sentía cada día mas inquietado.

Una tarde finalmente pasó. El profesor saludaba en la puerta a sus alumnos que salían en fila lentamente. Chupete se escondió entre dos grandotes y al llegar a él le clavó secamente un cuchillo al costado del tórax, bajo las costillas, y le dijo “acá mando yo, entendés profesorcito? Volá”. Se escabulló rápidamente; sabía que no lo había matado, no era esa su intención.

Casi un mes después, el matemático volvió, ya repuesto, a la Cárcel de Las Flores. Rejuntó de a poco a sus alumnos que habían vuelto al ritmo de la tensión violenta. Un día vio a Chupete, sentado en el último banco de la fila del medio, mirándolo con expresión de cuchillada. Pero el profesor no había pasado casi un año rodeado de presos sin haber aprendido las reglas y algunos trucos. Se acercó lentamente hacia Chupete, le sonrió y, antes de que el otro pudiera reaccionar, le pateó la pata de la silla. La cara de Chupete dio contra el pupitre y el profesor repitió el golpe varias veces más agarrándole los pelos de la nuca. Luego lo tiró al suelo y lo pateó tanto con sus borceguíes, (porque ahora el matemático usaba borceguíes) que el capanga quedó cubierto en sangre. Volvió al escritorio y sus 60 alumnos impidieron que Chupete, a quien no es fácil dejar fuera de una pelea, lo destrozara. Su séquito lo saco, gritando y amenazando con todas sus extremidades.El matemático se sentó y se tomó unos diez minutos para calmarse. Luego se paró y en silencio escribió diez problemas en el pizarrón, que iban desde demostrar proposiciones lógicas hasta calcular la trayectoria de un proyectil, y, sosteniendo una botella en la mano, dijo: el primero que resuelva todos se gana este wisky, para los siguientes cinco, hay cartones de cigarrillos.

miércoles 12 de agosto de 2009

Cannarias: Manual de cultivo exterior


Aloha! parece que el invierno está llegando a su fin. Es el momento de sembrar! Si tenés patio, grande o chico, o una ventana al que le da el sol, podés contemplar el milagro de la naturaleza, o ver crecer una mascotita verde sin forzarla con horribles luces fluorescentes. Y podés, entrando el otoño, en marzo o abril, recolectar bellas flores y ovidarte del horrible olor a amoníaco del prensado paraguayo o de aquel remisero al que le diste 50 pe y nunca apareció. Es la era gourmet, no se priven, disfruten!
Este es un sencillo y muy útil manual de 2 o 3 páginas, facilitado por los amigos de www.cannarias.com, una asociación de agricultores de las 7 Islas Canarias. Si bien ellos gozan de un clima ideal todo el año (cálido sin ser sofocante), para nosotros nos sirve igual. Y recuerden, el que siembra en primavera, recibirá primavera. Y dedíquenle un ratito diario a su plantita, aunque sea para mirarla y admirarla, o estar a su lado y verla crecer. Leanle poemas, cantenle canciones. Y tengan fe: una vez pasada la fase plántula, ya nada puede puede detenerla.
Abrazos!!

descargar de aquí!



Imagen: Afiche del "Beñesmer de las Flores 2005", la fiesta anual de la cosecha.

martes 11 de agosto de 2009

Cowboy Bebop - Session # 2: Stray Dog Strut


Hola Amigos, comparto con ustedes un capítulo fantástico de esta serie de animé con tanta onda y buena música que me regocijo de placer de solo recordarla. Acá, en el segundo episodio, Spike y Rocket se enfrentan a una especia de Jim Kelly (el negro de Operacion Dragón) y conocerán a Ein, un perrito que la tiene muy clara (aunque prefiere hacerse el sota) y que los acompañará el resto de sus aventuras como cazarecompensas espaciales.

see you soon, space cowboy...

se descarga aquí:




La banda de los Chacales - Enrique Symns


Hola! Para presentar esta novela copio y pego directamente el comentario de un amigo de Taringa:

Esta es una perlita ochentosa. Al menos material muy difícil de encontrar por estos días. La primera novela de Enrique Symns (periodista, poeta, escritor) publicada en 1987, cuando el tipo vivía su mejor momento dirigiendo la legendaria revista Cerdos y Peces.
“La banda de los chacales” es una nouvelle, o cuento largo, punk. Punks son algunos de sus protagonistas y punk es su espíritu.
Un grupo de chabones armados que decide tomar por asalto al programa de tv Feliz Domingo para la Juventud para lanzar una proclama anti-política y provoca una… bueno, léanla. Es corta. Se baja de una sentada y van a encontrar al más puro Symns en forma y contenidos. Y es Symns dedicado a la ficción, algo no tan frecuente. Es también Symns en su etapa más acelerada, o de mayores ingestas nasales. El libro incluye ilustraciones de Kike San zol.



Ojo! puede ser fuerte para algunos, ofensiva para otros, lisa y llanamente mala para muchos que yo sé.


Bajenlá de aqui!