Había una vez un hombre que pedía demasiado. Se sentaba en cualquier lado, en cualquier momento; así, sin contemplar siquiera la pared enfrente de sus ojos, trataba de imaginarse la situación ideal en la que tendría que estar, o por lo menos le gustaría estar, en ese momento. A veces llegaba a pedirle, a exigirle a la vida que le brinde esos momentos. Era un derecho.
Un día, sentado en un banco en la peatonal, mientras se quejaba por no estar en un café de la costa francesa escuchando Jazz, le interrumpieron. ¿Cómo hace uno para ser feliz? Le preguntaba una chica con lentes oscuros, saco azul, pelo revuelto bajo un diminuto sombrero verde. Bajo el brazo llevaba un estuche de violín. El hombre no supo que hacer, la miró y enseguida apartó la vista. La chica le dijo disculpá, y se fue. El se quedó sorprendido, no tanto por lo inesperado, sino porque esa era una de esas situaciones ideales que el siempre imaginaba. Un momento en que lo elegían para calmar las ansias de respuestas, especialmente una mujer artista. En este caso era música, mucho mejor. Tenía muchas respuestas, algunas prácticas, otras cínicas y otras entre lo filosófico y lo místico. Pero cualquiera servía para seguir con un intercambio de producciones que le servirían a ambos. Le dolió mucho pensar en lo que dejó pasar. Enseguida imaginó que la chica volvía a reformularle la pregunta, pero se dio cuenta de que eso era imposible. A ella seguro que se le fueron las ganas de buscar respuestas por medio del azar, preguntándole a un desconocido. Al fin, concluyó, con una media angustia completamente realista y la vista clavada en la vidriera que tenía al frente, es todo cuestión de lugar y tiempo.
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